Mucho se puede discutir sobre el título de este artículo. No es apología a la violencia, sino un intento de ver cuanto sabemos de reglamento. Nada tiene que ver con aquello que habitualmente sucede en los estadios de fútbol, con esos hinchas envueltos en su irascibilidad arrojando proyectiles a lo que se le cruce y con lo que tenga a su alcance.
Estamos hablando de otra cosa. El que sepa las reglas de juego de pe a pa, que tire la primera piedra. El que no haya dudado un instante sobre la ilegitimidad de ese gol, aquel que no discutió al menos por un momento con el que tenía sentado al lado, ese que no se tomó el tiempo de buscar el reglamento y sus constantes modificaciones; solo al que no se le cruzo por la cabeza que el despeje del defensor lo habilitaba, puede y está autorizado a tirar la primera piedra.
La confusión se generalizó. La pelota entró al arco es verdad, pero uno levantó la bandera de la prohibición, otro hizo el gesto de que todo estaba en orden, y muchos se quedaron parados sin seguir la situación. El que tenía como misión traer alfajores de Sudáfrica, fue el más piola de todos: por las dudas la empujo en dirección al gol, casi como una gracia que terminó en desgracia. Al menos, para los de San Lorenzo.
La imagen que acompaña este texto es elocuente. Garcé y Bastía festejan y se ríen incrédulos, inclusive ellos mismos, de lo que acaban de vivenciar; mientras en el fondo ni siquiera se puede observar la silueta del juez de línea tapado por una montaña de jugadores molestos y fastidiosos por el fallo que tomó Diego Abal, contrariando a su compañero de trabajo.
Y el embrollo dio su cimbronazo del tejido para afuera. Los hechos vandálicos y lejos de la razón que sucedieron ayer, no se justifican bajo ningún contexto, marco o circunstancia. Pero dentro de la cotidianeidad y el mal acostumbramiento con la que solemos ver a la violencia dentro del fútbol, al menos lo de ayer tuvo una raíz “comprensible”. Insisto y que no se mal interprete, la violencia es repudiable bajo todo precepto y no tiene gollete, pero el problema radica cuando los componentes internos no colaboran.
Sin embargo, la pesada mochila de ayer no debe ser llevada solamente por el árbitro. Al margen de lo que Abal avaló, San Lorenzo no está peleando la promoción y descenso por ese inoportuno fallo arbitral. La complicación viene de arrastre: Dirigentes poco capaces para traer refuerzos, técnicos que no le encontraron la vuelta al equipo, jugadores que no rindieron, y porque no también poner en tela de juicio el sistema de promedios, a pesar de que hoy las críticas son mas interesadas que constructivas, pero inevitablemente es un hecho que debe cambiar. Y vino este hombre de negro para abrir apenas la canilla y dejar caer la gota que rebalsó al vaso.
Y entonces sí. El título se vuelve ambiguo y es valido usarlo para lo que pasó en el Bajo Flores. El descontrol y los disturbios reinaron por sobre todas las cosas. Y hubo una primera piedra y muchas piedras más, y todo terminó con el triste y ya conocido final de la policía que interviene y reprime.
Momento de reflexión; o si quieren parafrasear al fútbol, es momento de parar la pelota. Un árbitro tiene el derecho a equivocarse, incluso de una grosera forma, como aconteció ayer. El fanatismo desborda, la paranoia por el descenso atropella, la psicosis de la tabla de promedios, con calculadora en mano, es incontrolable y a la vez inconcebible porque hay que entender que, como en todo juego, a alguien le toca perder. En una sociedad hostil e intolerante, el mínimo chispazo se transforma en una hoguera, y obviamente esta sumergido el planeta fútbol también; por ello es necesario tomar conciencia de que dentro de este circo en el que han transformado al deporte pasión de multitudes nadie, pero absolutamente nadie, es digno de tirar la primera piedra.


