Figurita repetida. Es verdad, en otra página del álbum, pero se vuelve a refrendar la imagen. Unos contentos, derrochando alegría por donde los mires, levantando una copa de poco interés deportivo pero de una plenitud magnifica por lo que la envuelve en significado. Los otros, con los ojos clavados en el piso, cabizbajos de bronca y dolor se retiran del escenario principal.
Si hay algo que no se resiste en el mundo de los medios de comunicación, donde todo se ve y se escucha, es un archivo. Y fue el mismísimo Matías Almeyda quien semanas atrás con un firme convencimiento y con mucha coherencia manifestaba preservar los jugadores más importantes de su plantel para el segundo encuentro clásico. El motivo: el cercano debut en el torneo prioritario para el club, el comienzo de la B Nacional.
Una frase, que parece muchas veces ser defenestradas por los mismos protagonistas, tomó fuerza en el mundo millonario. Los resultados mandan, y si se trata de un Súper Clásico mucho más. Por eso en la noche mendocina no hubo suplentes, ni equipo muleto, ni siquiera un mix entre titulares y relevos. Decididamente puso lo mejor que tenía a mano.
Falcioni en algún momento de la previa al primer choque, deslizó la posibilidad de jugar con juveniles en Chaco. Enojo o ironía, terminó siendo solamente una frase que quedó en el aire de los medios que hicieron mella y titulares de tapa. Ganó con holgura el primero y quería repetir en el segundo. Decididamente puso lo mejor que tenía a mano.
Ambos equipos mostraron su mejor perfil y sus nombres más rutilantes tanto para la ida, como para la vuelta; sin importar los compromisos eventuales de un futuro cercano. Y así el verano fue todo xeneise. En el norte y en el oeste, no hubo punto cardinal del país que pueda torcer el rumbo de Boca que tuvo un final feliz de pretemporada. Le puso un freno al andar dulce que venían teniendo los de Núñez y le marcó la diferencia de categorías entre ambos.
Es conveniente remarcar que este River estuvo mucho más cerca de Boca, que la versión de cuatro días atrás. Menos nervioso, con mayor tenencia de pelota, abriendo los espacios por los costados e intentando llevar peligro constantemente. Pero Cavenaghi tuvo la mira desviada y Trezeguet duró lo mismo que un eclipse: 9 minutos.
Boca se llevo, de una provincia a otra, una hoja de calcar con la fórmula del gol. Y cuando no podía y no sabía como preponderar en el partido, encontró una arremetida aislada donde dibujó exactamente la misma jugada que en el Estadio Centenario; la salvedad radica en que el receptor esta vez fue Pablo Mouche que de cabeza al gol, hizo emborrachar de algarabía a toda su hinchada, justo en la tierra del buen vino.
Para los xeneises esta serie de clásicos fue extender los festejos de la reciente consagración en el fútbol máximo criollo; para los millonarios fue el sueño frustrado de un desquite que se convirtió en pesadilla. Al final de cuentas Boca tuvo Mouche alegría, perdón quise decir mucha alegría.




