La Premier League de Inglaterra, afronta en la actualidad una situación por demás de curiosa. Los millones del Jeque Árabe dueño del Manchester City, se llevaron consigo todas las luces del escenario, relegando a otros clubes que en la última década se habían adueñado del protagonismo. Chelsea y Manchester, son víctimas de esta transformación.
El equipo dirigido desde haces años por Alex Ferguson, vive un proceso de jugadores importantes que se van y de otros que llegan pero de un calibre menor. Giggs y Scholes son dos ejemplos vivientes de ello. Ambos veteranos y con muchos pergaminos sobre sus espaldas, hoy todavía son recambio del equipo a pesar de sus, casi, cuatro décadas.
En el club londinense existe el momento de recambio generacional. Solamente Lampard y Terry (ausentes ayer) son los abanderados de aquellos buenos momentos. Mata es el nuevo cerebro de este compacto equipo sin tantas estrellas en su cielo y Torres la eterna promesa de gol que nunca se cumple.
Un típico domingo de los primeros días de febrero en Argentina. Sin todavía el comienzo de la gran actividad del fútbol nuestro, el zapping por las Ligas de otros países es la rutina más recomendada. Y en eso, un plato fuerte inglés: En Standford Bridge los blues recibián a los diablos rojos.
Dos clubes que en la actualidad, no tienen el brillo de otrora. Mucho más devaluados en nombres de excelencia que años atrás, pero con la naturaleza ganadora de esos tiempos.
Imaginar hoy un equipo que va ganando por una diferencia de tres goles y sigue atacando como si el partido no hubiese tenido emociones, es realmente complicado de ver en el planeta de la redonda.
Imaginar hoy un equipo que se ve abrumado por el resultado, pero que tozudamente insiste en ir a buscar algo que no sabe si conseguirá, es muy difícil de divisar por estos lados.
Imaginar hoy un equipo que después de tener la gloria del partido en sus manos, se lo arrebatan a medias, inclusive con injustos fallos arbítrales de por medio; y así todo reclama nuevamente lo suyo con argumentos futbolísticos valederos, es casi imposible de encontrar.
Imaginar un equipo que tuvo una remontada con gusto a hazaña, y a su vez tuvo el ímpetu necesario para no conformarse, intentar darlo vuelta y casi perderlo sobre el final, es muy poco frecuente de observar.
Imaginar que en noventa minutos se susciten todas estas alternativas, entre dos alineaciones que siempre tuvieron el objetivo en el arco rival; esto en el lenguaje de tablón se llama partidazo, y es una especie en extinción.
El Chelsea no tuvo miedo a perderlo, ni siquiera cuando la diferencia era mínima e inmerecida. El equipo siguió con la mente puesta en el fin del juego por forma y esencia: anotar goles. La palabra especulación no figura en el diccionario londinense.
Para los resultadistas, la estrategia de Villas Boas habrá sido un pecado imperdonable. Tenerlo al United a un golpe del nocaut y dejarlo que reviva de su amor propio, fue un precio alto que tuvo que saldar llevándose solamente un punto.
El orgullo herido de los grandes hizo que Rooney fuera el corazón de la levantada. Obviamente se puede poner en la mesa del debate la validez de los dos penales que concedió el juez del partido, pero es innegable la personalidad del delantero que tomó la responsabilidad en ambas ocasiones para emparejar las cosas.
Ni la intensa ola polar que azota al viejo continente, logró enfriar un partido intenso del minuto uno al noventa y tanto. Para el deleite de las pupilas, para grabar y ver una vez y mil veces más. Una auténtica lección de cómo debe jugarse a este deporte. Un verdadero culto al fútbol.

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